El Hobbit: La Desolación de Smaug – No es oro todo lo que reluce

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El viaje de Bilbo, Thorin, Gandalf y compañía continúa por el camino de San Fernando, un ratito a pie y otro andando. Tras un año de espera por fin han regresado a nuestros cines después de una primera entrega que disfruté mucho, algo que, desgraciadamente, no puedo decir de La Desolación de Smaug.

Lo primero de todo es que he leído el libro original de Tolkien y soy de los que siempre prefieren una buena película antes que una buena adaptación. Es decir, no me importa que se inventen tramas y escenas que no están presentes en la obra original siempre que sean realizadas por el bien intrínseco del ámbito cinematográfico. De hecho, el propósito de Jackson de incluir diferentes apéndices y convertir El Hobbit en una precuela de El Señor de los Anillos describiendo el ascenso de Sauron me parece interesante y un aliciente para que lo que veamos en pantalla no sea exactamente lo que hemos leído, favoreciendo la sorpresa. Eso sí, mencionaré algunas diferencias entre ambos para colocarlas en su contexto.

Tras superar las peligrosas Montañas Nubladas, toda la panda sigue su viaje hacia la Montaña Solitaria con alegría y una tortilla de patatas en la mochila. Sin embargo, poco les durará el descanso pues tendrán que superar el no menos peligroso Bosque Negro para poder alcanzar su objetivo: liberar Erebor del funesto reinado del dragón Smaug.

Las películas dirigidas por Peter Jackson y ambientadas en la Tierra Media siempre han disfrutado de un diseño artístico sublime y un apartado visual muy competente y en ocasiones brillante teniendo en cuenta que, aunque sean unas grandes superproducciones, no invierten tanto dinero como otras (al menos, así pasó en la trilogía de El Señor de los Anillos). La primera entrega de El Hobbit era una buena prueba pero, curiosamente, el nivel técnico general ha bajado con la segunda.

De esta forma, podemos disfrutar de escenarios geniales como la Ciudad del Lago, el gran diseño de vestuario o un buen montaje en escenas como la huida del Reino del Bosque en los barriles. Pero, de igual manera, nos encontramos con efectos muy cutres como el oro líquido de las fraguas de Erebor (el peor visto en años en una gran producción), una caída falsísima de tapices poco después o algunos momentos en los que se nota que los actores son sustituidos por personajes realizados por ordenador, especialmente en las virguerías de los elfos. No estropea demasiado la función pero llaman la atención en una franquicia muy atenta al detalle. Igualmente, los grandes escenarios naturales no tienen tanta presencia ni fuerza como en ocasiones anteriores.

En lo que respecta al guión, la película tiene un ritmo irregular y acaba haciéndose larga. Algunas escenas que podrían haber durado más se acortan tremendamente (y viceversa), especialmente en el primer tramo, donde las peripecias en el Bosque Negro, de gran importancia y extensión en el libro, se resumen de forma rápida y precipitada. Sin ir más lejos, la escena de Beorn pasa de punto de inflexión del relato original a algo meramente anecdótico, mientras que la penosa travesía por el bosque no es tan dramática ni dura. Eso sí, la escena de la huida, a pesar de algún fallito técnico, está muy bien realizada, especialmente un plano secuencia con Legolas haciendo lo que mejor se le da: aniquilar orcos. Igualmente, la búsqueda de Gandalf en la fortaleza de Dol Guldor investigando la reaparición del Nigromante es un buen añadido para saber qué cosas ocurrían entre bambalinas en las ausencias del mago en la obra original.

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Sin embargo, por otro lado nos encontramos con pasajes más pesados como las secuencias en Ciudad del Lago, la estancia en el Reino del Bosque o las redundantes y repetitivas conversaciones entre Legolas y Tauriel, una elfa del bosque creada expresamente para la película. De hecho, la subtrama romántica entre ellos dos y el enano es una gran tontería con un fin dudoso para el argumento, no sólo por lo difícil que es creer un romance entre dos miembros de ambas razas (por mucha fantasía que sea), sino porque está mal realizada y desarrollada, sin saber nunca por qué demonios Tauriel se siente atraída por Kili, aunque sí que se sabe la fascinación de ciertos enanos por las elfas (sí, Gimli, te estoy mirando a ti). Da la sensación de que Jackson no sabe conjugar muy bien los pasajes de acción, los épicos, los descriptivos, los románticos y los calmados. Además, es muy previsible en ocasiones y no me refiero en cosas que ya aparecían en el libro, obviamente, sino en la resolución de algunas escenas y diálogos, donde podréis adivinar sin mucho esfuerzo la frase exacta que va a soltar el personaje correspondiente.

Otro ejemplo del desequilibro de la película es la extraña sensación que deja la presencia de Bilbo en el metraje comparado con Un viaje inesperado. Sí, vemos cómo salva a los enanos un par de veces y se convierte poco menos que en un héroe de acción repentinamente, pero no le escucharemos decir dos frases seguidas hasta el último tercio, lo que también muestra el tremendo descenso del humor y la aventura por la aventura de esta segunda parte, que tiene un ambiente más cercano a la trilogía de El Señor de los Anillos.

Concretamente, Bilbo tiene su momento de gloria con el encuentro con Smaug, el punto culminante del largometraje. Puede decirse que la forma en la que se ha resuelto la escena es satisfactoria pero algo irregular en ocasiones, de nuevo con un metraje arrítmico y unos efectos especiales que no terminan de explotar. Sí, el dragón está bien resuelto y posee una personalidad de refinada maldad pero le falta un poco de tensión, algo que sí tuvo de forma genial la secuencia de acertijos en la oscuridad de la primera película.

En cuanto a los actores, también hay altibajos. Martin Freeman sigue bordando el papel de Bilbo, Richard Armitage se recrea como el recio Thorin, Ian McKellen sigue haciéndonos disfrutar con su perfecta recreación de Gandalf, todos los enanos están más que correctos, Orlando Bloom no decepciona en su regreso como Legolas, Luke Evans da buena planta como Bardo y Stephen Fry y Ryan Gage lo bordan como los detestables Gobernador del Lago y su lacayo. Lo mismo no se puede decir de otros dos actores. En primer lugar, Lee Pace monta un Thranduil que parece un Mario Vaquerizo teñido de rubio, mientras que Evangeline Lilly encarna a una Tauriel que sólo se luce en los momentos de acción, mientras que en los demás parece siempre estar a punto de reírse debido a su sonrisa perenne y pretendidamente sofisticada y elegante, por tensa que sea la escena. De todas formas, puede que sea más una imposición del director que un problema de la actuación en sí de la actriz.

Ah, y notaréis que no he dicho nada de la banda sonora. Pues básicamente es porque no llama apenas la atención y sólo se alza cuando recupera algún tema de entregas anteriores. Un trabajo muy discreto en este sentido.

El Hobbit: La Desolación de Smaug es una buena película pero claramente inferior a la primera, que se hace larga debido al ritmo irregular, con mucho menos humor y equilibrio, algunos fallos técnicos evidentes y una falta de inspiración en ciertos tramos. Es la entrega más floja de la franquicia ambientada en la Tierra Media pero sigue siendo una opción más que valida para los que quieran una gran aventura, con algunas escenas brillantes y un sentido de la épica perfectamente reflejado.

7/10 BARRILES POR EL RÍO

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Un comentario en “El Hobbit: La Desolación de Smaug – No es oro todo lo que reluce

  1. Sabía yo que no sería el único al que ese rey rubiales le recordase a Mario Vaquerizo.

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