El cuento de la Princesa Kaguya, de Isao Takahata: Virtuosismo agridulce

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El estudio Ghibli siempre ha estado ligado al nombre de Hayao Miyazaki, especialmente para el público occidental, dejando muchas veces en la sombra de forma injusta a otro de los pilares de la animación japonesa, Isao Takahata. Aunque menos prolífico en labores de dirección que su compañero, ya consiguió conmovernos a todos con La tumba de las luciérnagas en 1988 y ahora alcanza otra cumbre de su carrera con su última película, nominada a los Oscar de este año y que verá la luz en España de la mano de Vértigo Films en marzo.

El cuento de la Princesa Kaguya (Kaguya-hime no Monogatari) está basado en la leyenda El cuento del cortador de bambú (Taketori Monogatari), cuyo origen se remonta al siglo X y está considerada como la obra más antigua de la narrativa japonesa en prosa. La historia se inicia en el momento en el que un humilde leñador encuentra a una pequeña y misteriosa niña dentro del tronco de un bambú. Fascinado por su belleza y emocionado por la posibilidad de tener por fin una hija junto a su mujer, intentará criarla como una princesa.

El argumento refleja fielmente la leyenda original, completándolo con la narración de la infancia y el día a día de Kaguya y su familia adoptiva, así como creando una narración coherente tomando elementos de las diferentes versiones que existen del cuento, evitando las incongruencias o cambios repentinos presentes en algunas de ellas. Una de las grandes virtudes de la película es que capta espléndidamente el tono agridulce de la vida de la protagonista, llena de momentos alegres y vivos con otros llenos de nostalgia, decepción, resignación y tristeza, alejándose del estereotipo de cuento con moraleja y final feliz para presentarnos una historia melancólica que detalla todos los altibajos en la trayectoria vital de un personaje que siempre, pase lo que pase, se va a encontrar fuera de lugar, siendo consciente de que nunca alcanzará la felicidad completa.

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Para ello, la película opta por un ritmo calmado, contenido y casi solemne, alternando los pasajes más fantásticos del cuento con otros enraizados en el slice of life tan característico de Ghibli, creando una progresión que avanza sin prisa pero sin pausa. De esta manera, gradúa de forma perfecta los momentos más luminosos con los más oscuros y conmovedores, alimentando la narración con instantes de gran fuerza dramática que sacuden al espectador o haciéndole sonreír con un humor entrañable y sencillo. Aunque conozcamos la leyenda original y, por tanto, lo que va a ocurrir, consigue crear siempre interés con los acontecimientos que muestra, conmoviendo cuando debe, siendo muy difícil evitar emocionarse con los pasajes más agrios de la historia. Además, también existe un gran valor histórico en esta producción, siendo una ventana a las costumbres de la época y a las que, en muchas ocasiones, Kaguya se opondrá.

Esta narración está representada de forma virtuosa con un apartado visual bellísimo, intentando recrear el arte pictórico japonés de la época medieval, especialmente los e-maki, rollos pictóricos que se desenrollaban de forma que los cuentos y poemas que contenían fluyeran ante los ojos del lector. Así, la animación recurre a personajes realizados con trazos de lápiz, colores planos y diseños en ocasiones caricaturescos mientras que los escenarios se asemejan a ilustraciones en acuarela, combinados con una animación que se aleja del perfeccionismo y la fluidez de las producciones más modernas para intentar transmitir la sensación de que nos encontramos ante rollos pictóricos que han cobrado vida, como si se estuviera dibujándose en tiempo real. Eso no significa que su calidad sea menor con respecto a producciones anteriores de Ghibli, sino que causa una impresión más corpórea, más física, dando mucha fuerza o sutileza a cada situación, a lo que contribuyen los planos fijos y los movimientos horizontales de cámara, simulando que estamos desenrollando un e-maki. Visualmente es brillante, lleno de personalidad y emoción, incluyendo una de las escenas más bellamente animadas de los últimos años con cierta huida nocturna de Kaguya.

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A este momento y a todo el conjunto contribuye de forma fundamental la banda sonora compuesta por Joe Hisaishi, de tonos delicados y alegres o notas contundentes y melancólicas cuando corresponde. Simplemente con escuchar los diferentes temas nos hacemos una idea de la trayectoria vital de Kaguya, desde su infancia idílica a su madurez más complicada, sumándose al tono agridulce con mucha soltura. La composición a piano, sencilla pero cargada de fuerza, de la escena de la huida nocturna o la alegría entristecida del desfile final, contrastando de forma conmovedora con lo que realmente está ocurriendo, son momentos brillantes que consiguen erizar la piel.

El cuento de la Princesa Kaguya es una película conmovedora, encantadora, entrañable y agridulce, tal y como es la leyenda original. Visualmente brillante y original, con una banda sonora espléndida y un ritmo pausado pero perfectamente medido, entretejiendo la fantasía con el slice of life, se convierte en una de las mejores producciones no ya de Isao Takahata, sino del estudio Ghibli.

9/10 BROTES DE BAMBÚ

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2 comentarios en “El cuento de la Princesa Kaguya, de Isao Takahata: Virtuosismo agridulce

  1. La escena de la huida de Kaguya es magistral , excelsa , sublime …

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