El rincón de los cinco duros #1: Midnight Wanderers

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En Mediarama siempre me gusta innovar incorporando secciones rompedoras que nunca antes se han visto en otros blogs. ¿Artículos sobre recreativas de los 80 y los 90 con un alto componente nostálgico donde el autor se recrea en su infancia y juventud? ¡Me sorprende que no se le haya ocurrido antes a nadie! Aprovecharé el momento antes de que me copien y hablaré de mis arcades favoritos, esos en los que gasté buena parte de mis ahorros en vez de dedicarlos a cosas más productivas como, no sé, más tazos de Bola de Dragón, cromos de Colecciones Este o muñecos de dinosaurios.

Elegir uno para empezar es algo muy, muy, muuuuuuuuuuuy difícil pero hay que hacerlo y el afortunado ha sido Midnight Wanderers. Este juego de Capcom apareció en 1991 como parte de Three Wonders, una placa que incluía otros dos títulos, Chariot (un shooter horizontal) y Don’t Pull (puzzle empujabloques similar a Pengo). Del trío, sin lugar a dudas el que protagoniza el artículo de hoy era el más exitoso, con algunos valientes probando Chariot porque compartía protagonistas con el primero, y con los borrachos eligiendo Don’t Pull porque les importaba todo una mierda y les sobraban monedas de cinco duros a cascoporro. Pero toda persona de bien tenía claro cuál era el bueno. Encima, estaba en los recreativos que se encontraban en el camino que iba de mi casa al colegio así que, muchas veces, pasaba la merienda allí en vez de atiborrándome de Nocilla.

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La historia de Midnight Wanderers nos ponía en la piel de Lou y su amigo Siva, dispuestos a rescatar a una amiga común que había sido convertida en piedra por un malvado villano que, a su vez, poseía una nave poderosa con la que conquistar el mundo. O algo así era, está claro que el argumento no era lo importante en este caso pero sí la jugabilidad, una explosiva mezcla de disparos y saltos con un ritmo vertiginoso y puñetero como él solo en algunos momentos. Desde el primer momento en el que ponías el pie en las pasarelas del bosque del primer nivel, los enemigos (como esos duendes macarras con navajas que no venían a pedirte tabaco precisamente) aparecían por todos lados (bueno, exactamente del suelo, uno tras otro, uno tras otro, uno tras otro), los cofres hacían acto de presencia incluso volando por encima de tu cabeza (con el ansia por derribarlos, muchas veces bajabas la guardia y te comías una bonita puñalada) y tenías que saltar, escalar y bajar continuamente para esquivar y matar todo lo que llenaba la pantalla.

Este frenetismo hiperestimulaba a cualquier chiquillo de barrio como yo, sintiéndome poderoso a medida que iba avanzando cada vez un poco más. Había varias armas y acompañantes entre los que escoger si tenías la suerte de que apareciesen en un cofre, aunque siempre acababa prefiriendo los cuchillos (¡¿Cómo puede un rifle disparar eso?!) y el espíritu de fuego, que encima podía crecer si recogías el mismo power-up varias veces consecutivas. Recoger las cartas de corazones era indispensable para conseguir vidas extras, más cuando tu personaje sólo aguantaba dos golpes de daño, quedándose en paños menores cual sir Arthur al primer impacto. Vamos, todo lo que te producía un síndrome de Diógenes itemero estaba ahí a cambio de que diezmaras las hordas enemigas causando bajas suficientes como para vaciar China.

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Los gráficos eran coloridos, con sprites enormes y una variedad de enemigos bastante decente pero todo mejoraba muchos quilates con los jefes. Enormes, temibles y de aspecto feroz, el primero de ellos, ese árbol tan viejo y feo que te escupía proyectiles mientras meneaba la pasarela en la que estabas, era un simple aperitivo de lo que venía después. Nunca se me olvidará el jefe intermedio del segundo nivel, esa versión hipervitaminada de un Depredador que daba miedo nada más verlo pero cuyo grito te provocaba cagar ladrillos. La cosa no mejoraba cuando se abalanzaba sobre ti y tenías que ir huyendo permanentemente sin olvidar dispararle cada vez que se quedaba atascado en los agujeros. Oh, te acojonabas vivo pero qué gusto daba. Que se quiten de en medio Silent Hill y Resident Evil, eso sí que era un survival horror. También daban muchos quebraderos de cabeza los jefes dobles en los que tenías que luchar contra dos enemigos. Menos mal que la cosa se equilibraba cuando jugabas con un amigo, algo realmente divertido pero que provocaba constantes peleas y yanotehablomásenlaputavidabuenoenrealidadhastamañanaenelcole al recoger las cartas y objetos.

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Si los jefes molaban y te ponían las cosas difíciles, las plataformas no eran menos. Al principio, saltar sólo servía para esquivar enemigos cambiando entre las diferentes alturas de la fase pero luego, ay, alma cándida, la cosa se complicaba mucho. Plataformas que se movían y que tenían pinchos por lo que no te podías agarrar al borde, cubos que rotaban y tenían pinchos en uno de sus lados, trampas de pinchos que se activaban a su paso, fosos con pinchos en los que caer… Mmmmmmm, me estoy dando cuenta de que el juego tenía más pinchos que la Feria de la Tapa de mi ciudad. Pero si sumamos esos momentos de saltos cual conejo con sobredosis de cafeína y el acoso de enemigos que te querían firmar un autógrafo con navaja, había momentos en los que te daban ganas de escupir a la pantalla si no fuese porque no eras lo suficientemente mayor ni macarra como para que el dueño del salón recreativo hiciese la vista gorda. Creo recordar que nunca llegué a pasar de la tercera fase, con mi tope en esos dos payasos-muro que intentaban aplastarte… con sus pinchos. Wow, qué giro argumental.

Gracias a los avances de la tecnología, he podido volver a jugar a Midnight Wanderers en emulador y mantiene su encanto y adicción. No es tan difícil como lo recordaba pero, claro, son ya muchos años y puntos de experiencia a mis espaldas. Eso no quita que los recuerdos me hagan llorar… sobre todo por la cantidad de dinero que me gasté en esta recreativa. Maldita sea, si hubiese ahorrado ahora tendría una piscina llena de calderilla en la que saltar cual tío Gilito.

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2 comentarios en “El rincón de los cinco duros #1: Midnight Wanderers

  1. No quiero ni pensar en la de perras que me dejé en esa máquina (y en algunas otras), porque seguramente me podría haber comprado hasta una super nintendo en vez de pasarme una generación entera sin consola (de NES a PS, sniff), pero por lo menos me controlaba lo suficiente como para tener tebeos y cromos continuamente.

    Este juego es lo mejor, sobre todo jugando de dos y qué difícil era, anda que había gritos en los recreativos tanto por morirse como por pasarse a los jefes. Me acuerdo también que a un amigo le conocí yendo a los recreativos para jugar a esta máquina y que luego muchas tardes terminábamos los dos en mi casa merendando nesquick. Ains, para que luego digan que con los juegos no se socializa y que no valen para nada.

    Un finde de estos me tengo que poner yo también a recordar bien el juego desde emulador, como tú, pero primero necesito bajar emulador y roms, que no tengo de nada, salvo un bonito mando cogiendo polvo.

    • Yo solía ir a los recreativos con mis amigos del cole pero sí que acababa topándome siempre con algún niño que siempre estaba por ahí y que venía perfecto para jugar a dobles cuando iba solo. Pero no, no terminé de bendecir ninguna amistad con Nesquik…

      Mi PC rebosaba de emuladores los años anteriores a que me regalasen la PS2. Si con ZSNES, ePSXe y Virtual Boy me pasé infinidad de JRPGs, con NeoRageX me puse fino a gastarme monedas de cinco duros virtuales :___D

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