Mad Max: Furia en la carretera – Gasolina en las venas

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Treinta años después de su última aparición en Más allá de la cúpula del trueno, Max Rockatansky vuelve a la pantalla grande de la mano de su creador original, el director australiano George Miller, que ya pinta canas a sus 70 años pero que no le ha impedido realizar un ejercicio pasmoso de lo que debe ser el cine de acción más allá de modas y tendencias, una cinta de alto octanaje que no deja de pisar el acelerador en ningún momento de sus dos horas de duración.

Mad Max: Furia en la carretera es un reinicio de la franquicia pero que rescata y maximiza sus virtudes y anula por completo sus defectos. La historia se inicia con un breve prólogo con el que nos sitúa en un mundo post-apocalíptico donde los bienes más preciados son el agua y la gasolina. Max es un superviviente de los vastos páramos en los que se ha convertido la Tierra pero su vida dará un giro cuando sea capturado por los guerreros de una comunidad liderada por el despótico Immortan Joe, dueño y señor de una ciudadela donde tiene control absoluto sobre esos preciados líquidos y las mujeres fértiles.

Desde el primer instante, el apartado visual ataca frontalmente los ojos del espectador gracias a una paleta de colores saturados que produce un contraste muy vivo y visceral, un escenario post-apocalíptico que huye de las convenciones más oscuras o desangeladas para no sólo ofrecernos unas imágenes vibrantes sino que también tienen un efecto práctico al clarificar todos los elementos de las escenas de acción, un código que nos permite disfrutar de un caos controlado que nunca satura la pantalla ni da la impresión de querer ganarnos por simple acumulación.

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A ésto se une un diseño visual impresionante, un cóctel explosivo de guerreros kamikazes pálidos, humanos mutantes, personajes estridentes (el guitarrista y su camión musical pasarán al imaginario colectivo, por poner un ejemplo), armaduras y adornos estrambóticos, iconografía religiosa brutalmente fanática, vehículos imposibles y escenarios sacados de los sueños más febriles de un adicto a la gasolina, creados con mucho esmero y que siempre lanza al espectador alguna golosina para la vista. La fotografía y el montaje también se unen al festival visual, con un juego de planos que combina grandes paisajes con zooms vertiginosos a la misma cara de los personajes, un vuelo sin escalas a través de la sinfonía de la destrucción, situándonos siempre en el mejor lugar posible para disfrutar y comprender lo que está sucediendo, con una cámara firme a la que nunca le tiembla el pulso aunque se encuentre en medio de una brutal tormenta de arena. De hecho, el propio Miller admite que en la película hay alrededor de 2.700 cambios de plano, uno cada pocos segundos, pero es algo que nunca molesta ni se hace obvio gracias a lo orgánico de la presentación, la agilidad con la que se mueve de un punto a otro y el uso inteligente de aceleraciones o ralentizaciones de imagen.

Para coronar el apartado visual, la acción se nota, se palpa, se siente gracias al uso muy limitado de los gráficos por ordenador, lanzándose a los brazos de los efectos tradicionales, algo que se nota de forma gozosa en las numerosas explosiones, choques y carreras que vemos. Mad Max: Furia en la carretera es un espectáculo para los ojos y los sentidos, más cuando nuestros oídos son arrasados por la banda sonora de Tom Holkenborg, mezclando música clásica, rock distorsionado, electrónica y una percusión apabullante que acompaña y realza la acción junto a un sonido crudo y contundente. Todo el aspecto audiovisual nos agarra con fuerza y nos lanza de lleno en medio de la acción, instándonos a sobrevivir al torrente incontrolable que amenaza con sepultarnos.

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Mad Max: Furia en la carretera es una perfecta definición de lo que debe ser el cine de acción en un año trufado de películas destacadas que se acercan más o menos a ese género, como las ya estrenadas Kingsman: Servicio secreto y Vengadores: La era de Ultrón o las futuras Jurassic World y Star Wars : El despertar de la fuerza. En primer lugar, realiza un trabajo excepcional en lo referente a dar un contexto y sentido a lo que ocurre en pantalla. El comienzo nos da una breve explicación de por qué el mundo se encuentra en ese estado, sin entrar en detalles. Así mismo, los personajes están perfectamente definidos sin la necesidad de usar diálogos más allá de los necesarios ya que la personalidad y motivaciones de cada uno se reflejan en sus actos más que en sus palabras, añadiendo aún más mordiente y significado a los recursos visuales. Cada uno tiene una misión clara que se complementa o se opone a los de los demás, dividiendo de forma lógica los distintos bandos. La mitología que invade cada rincón de este universo post-apocalíptico se aleja de interpretaciones sesudas para, simplemente, reflejar un estado de locura crónico, un mundo que se ha vuelto loco, que ha desechado la esperanza y el orden a favor de un caos alrededor del cual todos orbitan y al que se agarran con uñas y dientes porque es lo único certero en sus vidas. No huyas del dolor, la muerte y la destrucción, abrázalos con fuerza y así podrás vivir. Nada de moralejas ni dobles sentidos, casi todo el mundo está como una puta cabra y la película te lo deja bien claro.

En medio de esta locura es donde se levantan los únicos personajes mínimamente cuerdos y que saben lo que hacen de verdad. Sobre todos ellos se alzan Max y Furiosa, una arrolladora pareja en la que la segunda es la auténtica protagonista de la cinta, una heroína que sabe que la esperanza es un gran arma en un mundo donde casi nadie cree en ella, con una mentalidad centrada en hacer lo que considera que es lo mejor y que no se deja dominar por nada ni nadie. A su lado, Max se convierte en un detonador, una pieza maestra, una herramienta capaz de decantar la balanza en un conflicto, el as en la manga que todo el mundo quiere tener como aliado pero nunca como enemigo. Eso le confiere un aura de leyenda que encaja muy bien con las películas originales, una sensación de amenaza y peligro al servicio de quien considere digno. Además, aquí se nos presenta a un Max cabreado de pocas palabras que sólo quiere sobrevivir ajeno a todo lo demás, sin fiarse de nada ni de nadie, pero que se ve arrastrado a una redención que nunca creyó posible. Así, aunque su presencia pueda ser menor que la de Furiosa, sigue siendo vital, complementándose perfectamente. Él es el fusil y ella quien aprieta el gatillo. Al final, se necesitan mutuamente y de esa necesidad nacerá una complicidad y camaradería creíbles. Tanto Tom Hardy como Charlize Theron realizan un gran trabajo, especialmente la segunda, que devora su personaje, el metraje y la pantalla, una auténtica fuerza de la naturaleza, serena pero implacable.

Este buen hacer se extiende al resto del reparto, como la presencia imponente de Hugh Keays-Byrne como Immortan Joe o la sencilla pero no simple evolución de Nux, encarnado por un gran Nicholas Hoult. Todos tienen sentido en la historia, todos tienen motivaciones, todos tienen objetivos y todos encajan muy bien, por lo que, con apenas unos trazos, acabamos interesándonos por ellos y preocupándonos por lo que les va a ocurrir.

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Sin embargo, la acción sigue siendo la protagonista de la función y está construida con un mimo y atención al detalle admirables. El ritmo es brutal, dando la sensación de que, en realidad, estamos viendo una sola escena que dura dos horas, una persecución eterna, frenética y estrambótica, una huida hacia delante de apariencia casi kamikaze que apenas deja respiro. Incluso en sus pasajes más calmados, siempre existe una sensación de peligro, del cazador que está a punto de abalanzarse sobre su presa… que también tiene la posibilidad de convertirse en el cazador a su vez. La planificación y ejecución de las escenas de acción están calculadas al detalle, tanto cuando se trata de los choques y carreras de los vehículos, con maniobras y explosiones por doquier; como enfrentamientos cuerpo a cuerpo en los lugares más inverosímiles, incluso cuando hay hasta cuatro o cinco focos a los que prestar atención. Todo es ágil, dinámico, perfectamente integrado y ensamblado, sin dejar nada al azar, sin que exista un segundo de confusión, sin que nunca nos dé la impresión de que nos hemos perdido o escondido algo, encontrando recursos muy creativos a situaciones límite. La cinta te mantiene pegado en el asiento, sin pestañear, dejándote con ganas de más, de explorar más historias situadas en el mismo universo. Sin lugar a dudas, lo peor es que la película se acaba.

Mad Max: Furia en la carretera es la definición perfecta del cine de acción, espectacular, frenética, creativa, ágil, dinámica, con un diseño visual brillante, una banda sonora atronadora, interpretaciones perfectas al servicio de un argumento sencillo pero totalmente efectivo y una mitología fascinante. Una de las mejores películas del género en lo que llevamos de siglo, un ejemplo para todos los realizadores que creen que la espectacularidad reside en mover la cámara de forma epiléptica, una lección en toda regla para la industria que deja bien claro lo importante en estos casos: entretener y fascinar.

OH, WHAT A DAY! WHAT A LOVELY DAY!

9/10 BARRILES DE AQUA COLA

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