Rincón de los cinco duros #3: Toki

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Lo reconozco: cuando era un tierno e inocente niño, no podía denominarme lo que se dice un maestro en los videojuegos y menos aún en los arcades. Si ya eran difíciles de por sí, la presión de que ese dinero que había gastado no me iba a dar más de un minuto de rentabilidad me abrumaba cual abstemio en el Oktoberfest. De hecho, que yo recuerde, sólo me pasé tres recreativas con una sola moneda (The Last Blade 2, Marvel vs. Capcom 2 y King of Fighters ’98). Pero si hay algo en lo que no he cambiado desde entonces es que soy un masoca.

Por eso, aunque había juegos que me pegaban una paliza detrás de otra, algunas veces seguía acudiendo a ellos con la esperanza de llegar más lejos, aunque fuesen 10 segundos o un enemigo caído más. Uno de ellos era Toki, el título desarrollado por TAD Corporation (Cabal, Blood Bros.) en 1989, un run and gun (caminar y disparar) de toda la vida con un giro bastante curioso. En él encarnábamos a un Tarzán de Hacendado que es transformado en un simio y tiene que derrotar al hechicero de turno para recuperar su forma humana y, de paso, rescatar a la princesa de turno. Como no estamos en El planeta de los simios de Tim Burton, nuestro mono protagonista no puede recurrir a un arma de fuego para disparar, así que, ¿qué hace? Escupe. Bolas de energía. Pero escupe.

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El caso es que esa mecánica de disparo era el primero de los muchos chascarrillos cómicos del juego, que iba desde las animaciones de los monstruos al ser derrotados a algunos power-ups, como un casco de fútbol americano para protegernos de los golpes o unas zapatillas Converse de lo más molonas para saltar más. Por lo demás, era tu típico run and gun, con la pantalla LLENA de cosas que quieren matarte, ya sean monos malvados, simios zombis, fantasmas, dragoncitos que te lanzaban la cáscara del huevo del que acababan de eclosionar, insectos varios, pinchos o los rarunos jefes finales. La dificultad era alta incluso para mi inutilidad, teniendo que esquivar trampas mortales, disparar y moverte con agilidad para evitar cada peligro. La cosa empeoraba porque Toki no se movía con mucha rapidez, desde luego no con la suficiente que cualquier animal con un mínimo instinto de supervivencia necesita, por lo que incluso los chavales más experimentados del salón se las veían y deseaban para avanzar.

Sí, el juego tenía mucho humor pero he de reconocer que a mí me daba mal rollo. Supongo que era una mezcla de los colores apagados de los gráficos (me recordaban al Altered Beast, que también me daba canguelo), el diseño de enemigos (daban bastante asquete) o los rarunos jefes finales. De estos últimos me daban especial repelús el hijo cíclope del muñeco de Michelin y el gigante del final de Los cazafantasmas que utilizaba ojos saltarines o el… la… ese bicho-órgano que te lanzaba sus eructos… literalmente, es decir, que lanzaba las letras que formaban la palabra BURP. Además de que un par más de ellos tenían la cuestionable costumbre de mostrar sus vísceras. CÓMO NO IBA A TENER PESADILLAS CON TODO ESO.

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Era difícil, me daba mal rollo y me mataban enseguida… pero aún así es una de las recreativas que más recuerdo a día de hoy. Quizás sea precisamente por todo eso. Quizás sea porque lo solía jugar en el salón que había debajo de la casa de mis abuelos y me ayudaba a huir de las aburridas visitas familiares. Sea lo que sea, Toki me escupía en la cara y luego se reía. Maldito simio.

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