Birdman o la inesperada virtud del plano secuencia

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La película de Alejandro González Iñárritu fue una de las grandes sensaciones a finales del año pasado, convirtiéndose en la gran triunfadora de los últimos Oscars y ganándose los piropos de la crítica. Reconozco que si bien me han gustado algunas de las películas del director mexicano como Amores perros, 21 gramos o Babel, nunca he terminado de conectar con él. ¿Ha cambiado Birdman esta situación?

La historia nos presenta a Riggan Thomson (Michael Keaton), un actor decadente de Hollywood que tuvo su momento de éxito gracias a su interpretación del superhéroe Birdman. De esta manera, lejos de la fama y el reconocimiento comercial, intenta reivindicarse como auténtico artista adaptando al teatro la obra De qué hablamos cuando hablamos de amor, de Raymond Carver. Sin embargo, su producción se encontrará con multitud de obstáculos mientras lidia con Sam (Emma Stone), su hija ex-drogadicta y actual ayudante; Mike (Edward Norton), un talentoso pero complicado actor; Jake (Zack Galifianakis), amigo y representante de Riggan; o Sylvia (Amy Ryan), su ex-mujer y madre de Sam.

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Birdman (o la inesperada virtud de la ignorancia) se estructura a nivel visual sobre un (falso) plano secuencia que se desarrolla durante todo el metraje, comprimiendo en un solo recorrido de cámara todos los acontecimientos que se producen en el transcurso de varios días y en diferentes lugares. Hay que reconocer el virtuosismo de Iñárritu para realizar este truco, que funciona espléndidamente como hilo narrativo gracias a un gran trabajo de escenarios, atmósferas, colores y distribución de elementos de forma que siempre nos queda bien claro qué está ocurriendo, cuándo, cómo y por qué, añadiendo una fluidez y ritmo al relato que nunca decae, permitiéndose algunas estampas llamativas y poéticas, introduciendo igualmente recursos del realismo mágico. Lo que vemos en pantalla es hipnótico por momentos y es una gran forma de captar nuestro atención.

Sin embargo, parece que mucho peso de la película recae en esa estructura visual y narrativa. El guión nos presenta una mezcla de géneros y temas tratados con ambigüedad de forma que el espectador puede dar un sentido u otro a los acontecimientos que ocurren en pantalla. Lo que sí está claro es que todo gira en torno al personaje de Keaton, su decadencia tanto personal como familiar como mediática como mental, su intento por redimirse y reivindicarse, de reinventarse para dejar atrás todo lo que odia y los errores que cometió en el pasado, una búsqueda de sí mismo en la que ni siquiera él está seguro de lo que quiere. Todo eso se ve envuelto en un análisis del cine, el teatro y la fama que ello provoca, con ídolos que aparecen y caen de forma fugaz, constituyendo una fábrica de juguetes rotos que mastica personas sin piedad, aprovechando para añadir dosis de crítica a los blockbusters, como la actual moda de los superhéroes.

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Para ello recurre a varios géneros como el drama, la comedia (negra pero sutil), el cine dentro del cine (o teatro dentro del teatro) o el realismo mágico, integrados todos de forma muy orgánica consiguiendo reflejar las diferentes aristas y matices de la trayectoria vital de Riggan. Las interpretaciones están a muy buen nivel, especialmente los personajes de Keaton y Norton, cuyos enfrentamientos entre ellos y el resto del reparto es lo mejor de la cinta. Pero, a pesar de todas estas virtudes, no termino de engancharme a la historia y los personajes. El ritmo es bueno, nunca aburre y tiene algunos momentos brillantes pero da la impresión de que lo que nos intenta contar no es tan profundo ni demoledor como nos quiere hacer ver, con una progresión simple que se estira durante dos horas y que acaba dando vueltas a lo mismo una y otra vez, regodeándose demasiado en las miserias del protagonista. Así, nunca termina de existir una conexión emocional con Riggan y los demás personajes, ni en los momentos cómicos ni en los dramáticos, por lo que da la impresión de que la mayor parte del impacto recae en el poderoso plano secuencia que se mantiene durante toda la película.

Birdman (o la inesperada virtud de la ignorancia) es una película portentosa técnicamente y que plantea ideas interesantes a nivel argumental y buenas interpretaciones pero acaba siendo una producción en la que prima la forma sobre el fondo, que no termina de crear empatía entre personajes y espectador, que acaba regodeándose en los mismos temas y se estira demasiado durante su duración.

6,5/10 BATMAN CON PLUMAS

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2 comentarios en “Birdman o la inesperada virtud del plano secuencia

  1. Pues mira después de ser tan premiada, me cree unas expectativas muy altas y cuando la vi no me gustó… Supongo que en parte fue por mi culpa.

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